UN TRAVIESO CON LA LENGUA
¿Es ser políglota una proeza de la mente o la virtud de un imitador infantil?
Un ensayo de Luis Miguel Rojas-Berscia
Nos asombra cuando alguien sabe hablar más de cinco idiomas. Es como si les cayera un rayo que los designa héroes sobrehumanos y que, desafiando el castigo divino de Babel, cometieran la hazaña de derribar el muro entre la confusión y el entendimiento. El asombro ante los hiperpolíglotas, una comunidad de gente que habla más de once idiomas, crece con jerarquías geopolíticas: si hablan chino, la perplejidad es mayor que si hablan el kukatja, una lengua aborigen australiana; si hablan ruso, el halago es superior que si hablaran guaraní. Nos atrapan unos videos de políglotas, seguidos por millones, para ostentar su opulencia lingüística. ¿Quién no ha sonreído al ver el TikTok de un japonés que detiene a turistas o inmigrantes en el centro de Viena para demostrarles que puede saludarlos o preguntar en sus idiomas, así fuesen el farsi de Irán o el pidgin de Nigeria? Duolingo, esa plataforma (casi) gratuita para aprender idiomas, ha popularizado un malentendido: que una lengua puede reducirse a ganar puntos en un juego. Hay casos excepcionales como el de Giuseppe Mezzofanti, un cardenal del siglo XIX que nunca salió de Italia y que hablaba más de cincuenta lenguas. También está el de Emanuele Marini, un hiperpolíglota lombardo con quien viajar en tren por los Balcanes es una discusión en más de quince lenguas. Cuando decide hablar en serbio, es como si se transformara en un actor de la ex Yugoslavia. ¿Qué nos asombra de un hiperpolíglota? Más que su memoria prodigiosa, escuchar tantos idiomas es admirar una puesta de escena y a un notable imitador.
Trump declaró su desprecio por el castellano ante presidentes de América Latina: «No voy a aprender su maldito idioma –dijo–. No tengo tiempo». ¿Cuánto tiempo se necesita para aprender a hablar una segunda lengua? Quién no recuerda en el musical My Fair Lady a Eliza Doolittle, una vendedora de flores luchando con los sonidos del inglés de alcurnia que le enseña Henry Higgins, su profesor de fonética. Aprender una lengua y cambiar de acento exige imitar cómo actúan unos extraños, aunque el efecto cómico sea a veces inevitable. Basta asistir a reuniones de sociedades de esperanto para quedar perplejos con la maestría que tienen algunos en esta lengua internacional que hablan con acentos eslavos o brasileños. Lo primero que descubrimos en una conferencia anual de políglotas es que estos se cuentan con los dedos de la mano. El resto de asistentes son fans, gente que está allí para dialogar con políglotas a quienes aspiran imitar y que conversa en lenguas que quiere dominar, o gente que cuenta sus rutinas de aprendizaje, como pegar en las puertas de sus neveras nuevas palabras para entrenar su memoria. Nada más lejano a un hiperpolíglota que, con el tiempo, va descubriendo lo que no sabía de sí mismo: que, más allá de fórmulas memoriosas o recetarios, necesita la habilidad de imitar. Los más conocidos se recuerdan como criaturas teatrales que imitaban a sus maestros de escuela, a famosas de la televisión o a la abuela paterna con acento peculiar. Algo así como Eliza Doolittle en My Fair Lady, pero sin profesor Higgins. Solo con una conciencia guía y un espejo adelante.
Quienes hablan más idiomas en el mundo están más o menos documentados. Según Wikipedia, habría menos de doscientos políglotas y menos de veinte serían mujeres. De ellas, ninguna es tan conocida como Cleopatra, la última faraona de Egipto, a quien se le ha creado la reputación de enemiga de Roma, embustera y cuasi bruja. El cine la ha desdibujado como seductora y conspiradora. Cuando han intentado hallar su tumba en las cercanías de Taposiris Magna y de reescribir su historia desde una mentalidad más africana, descubrimos que Cleopatra es una de las políglotas más singulares de la historia. Los antiguos no la llamaban políglota, pero, como Plutarco, documentaron su destreza en idiomas que aprendió por cuenta propia: griego como lengua madre, egipcio, etíope, medo, árabe, arameo, troglodita y persa. Su sabiduría faraónica convirtió su captura no solo en victoria bélica, sino en una conquista intelectual. El imperio romano había conseguido someter a una de sus mentes únicas.
Malinche aparecería mil quinientos años después. Poco o nada hubiera conseguido Hernán Cortés de Tenochtitlán sin ella, su ‘lengua’, como entonces llamaban a un intérprete. La historia criolla ha tratado a Malinche, o Malintzin en lengua náhuatl, como una traidora. Hoy malinchismo es sinónimo de traición y aberración por lo propio, aunque ella tuviera poco de aquello y fuera símbolo de una virtud comunitaria, el multilingüismo. Según la lingüista Yásnaya Gil, Malintzin habría sido hablante de oluteco, náhuatl del Golfo de México, náhuatl ceremonial, yokot’an y maya peninsular. Casos como los de Malintzin no eran raros: América precolombina era multilingüe. Sin embargo, en Le dedico mi silencio, la última novela de Vargas Llosa, el escribidor defiende que el español cayó como un rocío para integrar las lenguas indígenas, «Es claro que los americanos no se entendían entre ellos». Desde esas anteojeras, Malintzin no sería nada más que una exótica excepción. Basta viajar al interior de la Amazonía para conocer gente que habla más de cuatro idiomas día a día. El español fue una lengua más que se sumó a esa red multilingüe. Felipillo, el legendario intérprete de Pizarro, llamado «lenguaraz», habría hablado punae o tallán, mochica, quechua y un español que aprendió de sus conquistadores. Omitir estos hechos de la historia oficial revela más sobre quién la escribió que sobre esos lenguaraces que transpiran curiosidad por el otro. ¿Por qué llamar políglota a Cleopatra y a la Malinche intérprete?
Los científicos necesitan entender el poliglotismo desmedido. Geschwind y Galaburda, unos científicos estadounidenses, se volvieron polémicos por asociar un extremo dominio de idiomas a variables como sexo masculino, zurdería, homosexualidad y dificultades de orientación espacial. Michael Erard, en su libro Babel no more, documentó casos de políglotas que, en cierta medida, cabrían dentro de este perfil. Ocurre aún más en hombres porque tienen más oportunidades y privilegios. En la historia de la humanidad, es regla y no excepción aprender lenguas. Políglotas no han sido solo poetas, sacerdotes o sabelotodos de Europa. El mundo indígena lo es por naturaleza. Quizás el secreto sea una mayor curiosidad por los otros con una sutil tendencia al histrionismo. Aún no sabemos tanto sobre ello.
La inteligencia artificial nos acerca a una primera colosal extinción de traductores e intérpretes. En tiempos de sumisión al tecnofeudalismo, el políglota imitador será sustituido por el robot lenguaraz. Sin embargo, alguien que habla once idiomas siempre nos dejará boquiabiertos. Prueba de ello es que aún lo llamamos don. El negocio intenta convertirlo en un juego solitario con niveles desbloqueables o en clases de cómodas cuotas mensuales. Sociolingüistas y neurólogos quieren resolver el enigma. ¿Por qué es tan arduo aprender otras lenguas? ¿Por qué apreciamos tanto el arte de imitar al otro? Cleopatra y Malintzin buscaron comunicarse con gente dispar. Desde las guerras y conquistas hasta los amores de miles de kilómetros, desde los migrantes hasta los espías, serían imposibles sin esa pulsión por explorar lo desconocido. Un políglota es un consumado imitador de extraños, un camaleón en una escuela internacional de lenguas. Babel no puede ser más un castigo divino, sino esa amorosa y pícara imitación.
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