Un ensayo de Álex Ayala Ugarte
Ocurre que las orejas no tienen párpados, decía Pascal Quignard. El oído nunca cierra. Aprendemos a gatear antes que a caminar, a leer antes que a escribir y a comer antes que a cocinar, pero nos cuesta entender que antes de hablar hay que entrenar la oreja. Al venir al mundo, los bebés absorben sonidos durante meses y sus primeras palabras, aunque llenas de intencionalidad, desprenden incertidumbre. Son un tartamudeo: pa-pá, ma-má, no-no-no. Al crecer todos somos tartamudos y no solo en momentos de indecisión. Somos tartamudos incluso en el silencio, un silencio más allá de lo inaudible. Lo indecible es más que un trabalenguas. El tartamudo es un experimentado en esa doble dificultad, que es la frustración del si-la-be-o y el no-saber-qué-decir en un momento trágico, una elocuencia que concentra en la mirada y el abrazo, o quizás en el ensimismamiento y la distancia. No es casual que en italiano al tartamudo se le diga balbuziente. En alemán, es el que tropieza con las palabras: stotterer. En turco, kekeme imita un bloqueo. En castellano, se nos silencia: la palabra mudo engulle la repetición silábica que la antecede.
Los tartamudos acostumbramos a callar por supervivencia. Callamos cuando niños porque nos avergüenza que nos digan metralleta. Nuestras lenguas reculan hasta el ahogamiento cuando nos declaramos al primer amor. Nos tragamos las palabras complicadas porque vuelven como un bumerán para golpearnos. Un tuit nos parece la dosis necesaria: preferimos el camino más corto para comunicarnos porque nuestro motor de arranque no es la palabra, sino la sílaba. La frase que interiorizamos es la que casi nunca se atreven a decirnos: cállate la boca. Cuando al fin, tras tantísimo escuchar, la abrimos, intentamos ser tartamudos que no tartamudean. Nos aliamos a la cadencia de la respiración. Silabeamos a una velocidad maratónica para camuflar interrupciones. La actriz María Félix, quien tartamudeaba en su juventud, decía que la palabra murmullo era una estupidez solo por evitar pronunciarla. ¿Dónde habita la tartamudez? «¿En la boca del que tartamudea o en los oídos del interlocutor?», se preguntaba Iain Wilkie, fundador de 50 Million Voices.
En el siglo VI a.C., Pitágoras recomendaba hasta cinco años de silencio a sus nuevos discípulos como remedio contra la impaciencia. En su escuela, se curaba la prisa de hablar: no se le otorgaba la palabra a nadie hasta merecerla. Dos siglos después, el tartamudo Demóstenes, uno de los padres de la oratoria, se rellenaba la boca con piedras en un intento de superar sus dificultades. Perfeccionó la técnica con un cuchillo entre los dientes más de dos mil años antes de que los locutores lo imitaran con un lápiz a la altura de los colmillos. En una Grecia donde cada uno se representaba a sí mismo, Demóstenes callaba hasta encontrar la palabra justa. No era admirado por su locuacidad, sino por tener la razón.
Una lengua con silenciador elige sus oportunidades. Según el logopeda Charles Van Riper, cuando los tartamudos nos enredamos en una palabra, gritamos, gesticulamos y nos atoramos hasta que «el espasmo culmina y abrimos los ojos para ver el desastre», un desastre continuado que desconfía de la palabra inmediata. En una sociedad que no soporta la espera, el tartamudo piensa tres veces antes de pronunciarse, moldea su voz casi a hurtadillas, como un falso insolente que se pide permiso. Entre los zulúes de Sudáfrica, es común alargar la penúltima sílaba cuando es tónica, y repetir la primera sílaba de algunas palabras para expresar duda e indecisión. Lewis Carroll era incapaz de pronunciar bien su apellido, pero llenó Alicia en el País de las Maravillas de juegos fonéticos y sinsentidos. La susurrante Marilyn Monroe convirtió su demora en hablar en carisma.
Hemos romantizado el silencio en tiempos de multitudes cacofónicas e impunes en el delito de gritar las más absurdas convicciones. Un exceso de él también podría enloquecernos o confundirnos. En los laboratorios Orfield, una cámara anecoica capaz de absorber el 99 por ciento de los sonidos provocaba alucinaciones y falta de equilibrio. Sin ruido nos conectamos con la respiración, los latidos y el estómago vacío. Nos molesta que se nos interrumpa cuando estamos a punto de completar una idea, pero molestan más aún quienes confunden fluidez con inteligencia. Los tartamudos sostenemos las palabras en un mundo que las arroja. Con el tiempo, dejamos de preocuparnos por tardar más en pedir la comida que el mesero en traerla, o por la incomodidad de contestar el teléfono. Nuestro don de trabarnos podría ser el de elegir la oportunidad: entre palabra y palabra, nos consuela un silencio entrecortado. No es el silencio de la comunión con la naturaleza que encarnó Thoreau, ni el silencio de callar por miedo del que habla Paulo Freire ni un silencio monacal de recogimiento. Es el silencio inquieto de quien escucha.
Los tartamudos no somos gregarios: escuchar a otro de nuestra especie alimenta el trauma de reconocernos en un espejo. No tartamudeamos a tientas, sino con todo el cuerpo: sudamos, cerramos los puños, tensamos el cuello, parpadeamos con insistencia. Nos concentramos en administrar las pausas porque atenúan las repeticiones. No somos inmunes al contagio del ruido: también estallamos o nos salimos de tono. Pero ante la espontaneidad presuntuosa de los influencers recomendamos moderación y cautela. Quienes trabajan con las víctimas de las tragedias dicen que el silencio es la antesala de la verdad. Rehuir de él es vaciarnos de significado. La verborragia a gritos de las pantallas se resume en una palabra que condensa el narcisismo conversacional: talkaholism. Ni escuchamos ni dejamos escuchar: el algoritmo nos hace saltar de una historia a otra en menos de tres segundos. Reproducimos millones de mensajes de voz al doble de velocidad y, por el camino, perdemos verdad. Frente al aluvión verbal que nos aturde, estar callado es disidencia. Solo quienes alguna vez no pudieron decir palabras completas conocen el espesor de su ausencia. En tiempos de inteligencia artificial, quizás no haya mayor gesto de humanidad que interrumpirse a uno mismo.
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Leer a Álex es entender que tiene la gran capacidad de exponer desde sus propias vivencias y con la naturalidad como precedente,que el mundo es mejor con personas como él.Es un immenso deleite leerte.
Genial, Álex. Abrazo!